Aquella chica era especial, simplemente tenia aquel “poder” de enamorar a la gente. Esto se debía a su belleza. Tenía un hermoso cabello rubio, unos ojos verdes que reflejaban en ella su seriedad, nunca hablaba, ella vivía sumida en su propio mundo. Su nombre era Sarah, tenía dieciseis años.
Habitaba en una pequeña casita de madera en una montaña alejada de la ciudad, exactamente en los Andes, con su padre.Su madre murió en un accidente de tráfico.
Era una mañana como muchas otras, fría, caía nieve pero en pequeños copos, Sarah se acababa de despertar, bajó desde su habitación hacia la cocina, como era de costumbre su padre no estaba en casa.
El invierno se acercaba, por eso James, su padre, bajó a la ciudad a buscar provisiones.
Sarah se preparó un chocolate caliente y subió a vestirse para dar un paseo y despejarse.
Cogió unos vaqueros azules, una camiseta rosa que hacía tiempo que no se ponía, y un gorro a juego con una bufanda que le tejió su madre cuando era pequeña.
Abrió la puertecita de madera de su casa y salió. Hacía frío, mucho, pero aún así Sarah continuó.
No sabía hacia donde se dirigía pero sabía que estaba empezando a caer mucha nieve.